Al Reselico

Amor de Cábila

Un amor de juventud, un amor de verano

Era preciosa, pensó. La chica más bonita del mundo. Una falda negra y un top blanco y ajustado, el largo pelo rubio cayendo sobre sus hombros y unos ojos despiertos, vivos e inteligentes, que lo miraban de vez en cuando, de refilón, mientras bailaba y reía con su grupo de amigas.

Esa noche la Cábila estaba a tope, la música sonaba sin descanso y la gente bailaba y reía a su alrededor

Sabía cómo se llamaba, en Villena casi todo el mundo de su edad se conocía, aunque fuera de vista. Tenían amistades en común y alguna clase compartida en el Instituto, pero poco más. No sabía bien cómo era y tampoco si estaba con otro, aunque la seguía en Instagram y por sus fotos parecía que no. Esa noche la Cábila estaba a tope, la música sonaba sin descanso y la gente bailaba y reía a su alrededor. Quería acercarse a saludarla pero no se lanzaba y sus amigos ya le habían dejado de insistir. La observó de reojo una vez más y sus miradas se cruzaron. Ella también le estaba mirando y, de repente, le sonrió. Una sonrisa por la que él hubiera sido capaz de todo. Así que le dio un largo sorbo a su cubata, respiró hondo y se fue directo hacia ella, consciente de que era posible que hiciera el ridículo más horroroso, pero también de que sería peor no intentarlo.

Salió bien. Se saludaron torpemente, hablaron, rieron, bailaron. Quizá ella también sienta lo mismo que yo, pensó, estas mariposas en el estómago. De vez en cuando se acercaban para poder charlar, tocándose cómo quien no quiere la cosa. Todavía no asimilaba del todo que estaban allí juntos. El pecho le estallaba de felicidad y la noche, de repente, le parecía maravillosa. Quería conocerla mejor, poder acariciar su piel, sentir como propios sus ilusiones y sus anhelos, escuchar siempre su voz y llegar a oír sus pensamientos. A su alrededor las horas pasaban y la fiesta moría poco a poco, pero ellos seguían sin separarse. En un momento dado, entre canción y canción, se quedaron mirándose a los ojos un largo rato, muy juntos y callados, mientras sonreían embobados, como dos atolondrados. Se besaron sin dudarlo, mucho rato. Las amigas y los colegas bromeaban y reían en torno a ellos, pero les daba absolutamente igual. Más tarde, clareando ya la mañana, la acompañó andando hasta casa de sus padres. Se besaron de nuevo en el portal y cuando ella por fin cerró la puerta el sintió unos locos deseos de cantar y bailar, como si viviera en un sueño.

Se amarían para siempre. Lo suyo sería una bonita historia de amor, con un final feliz

Pasaron semanas maravillosas, llenas de atardeceres cálidos y perpetuos paseando sin rumbo, de conversaciones interminables que se alargaban en los portales hasta bien entrada la madrugada, de volver a encontrarse en la Cábila y bailar juntos toda la noche, de besarse en cualquier rincón. No hacían otra cosa que estar juntos y tampoco necesitaban nada más. Vivían por y para verse, para sentir el roce de sus cuerpos, las miradas que reflejaban sus sentimientos, el calor de sus labios. Compartieron sus mundos y sus sueños, sus memorias y sus dudas. Hablaron de música y series, cine y libros, familias y estudios. Hablaron del futuro.

Estaban sintiendo sus primeros momentos de libertad plena, de alegría gratuita y de sonrisas por defecto. Su primer amor sin cláusulas. Un amor que les despertaba al sexo, al mundo y a la vida. Soñaron un verano que se hiciera eterno, con la ilusión adolescente de que aquella primera relación sería también la última, con la juvenil sensación de que aquello jamás acabaría. Porque no podía ser de otra manera. Jugaban a imaginar su vida juntos, cuando fueran mayores. Sus próximos viajes, de que trabajarían al acabar la carrera, su boda, los nombres de sus hijos, dónde vivirían. Se amarían para siempre. Lo suyo sería una bonita historia de amor, con un final feliz.   

Estoy yendo a comprar, le escribió, y te quiero. Te quiero mucho

Aquella mañana de viernes él no tenía nada especial con lo que entretenerse. Había terminado el curso en la universidad con buenas notas y ese verano su único trabajo era cumplir con los recados que le dejaba su madre. Cuando se levantó de la cama recordó que tenía que ir a hacer la compra al DIA, dónde iba con su familia. Se puso lo primero que agarró del armario, cogió la lista del súper, su móvil, se colocó los cascos de música y salió a la calle, alegre y feliz, completamente enamorado. Ella estaba en la playa, disfrutando de una semana de vacaciones. Habían quedado ya que se verían esa noche, de nuevo en la Cábila, después de cenar con sus respectivos grupos de amigos. Se moría de ganas de abrazarla, de rencontrarse y volver a besarla. El sol caía a plomo, vertical sobre las aceras. Al llegar al paso a nivel no se dio cuenta que la barrera estaba bajada, andaba hablando con ella por whatsapp, distraído y embelesado, y ni levantó la cabeza de la pantalla. Estoy yendo a comprar, le escribió, y te quiero. Te quiero mucho. Mientras cruzaba la vía sus ojos se posaron, despreocupados, en el semáforo rojo que parpadeaba y en alguien que salía del coche frente a él, a toda prisa, gesticulando algo que no entendió. La mañana era hermosa, Kase.O rimaba a través de los auriculares, algo sobre que cuanto más amor das, mejor estás. Oyó como una sirena, muy fuerte. Cuando giró la cabeza, un tren enorme se acercaba demasiado rápido.

 

PS. Con el permiso de Don Arturo.

(Votos: 41 Promedio: 4.7)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba