Desde aquella columna dedicada al evento “Fogueres, Còmics i Rock&Roll” (si se lo perdieron sin certificado médico o laboral que lo justifique, sepan que no les perdono), regreso tras un pequeño paréntesis provocado por el trabajo añadido que siempre supone el final del curso académico con una doble recomendación de lecturas aparentemente muy poco relacionadas con esta época estival. Y es que hoy nos ponemos de lo más gótico para invitar a nuestra casa -ya saben que si no lo hacemos, le está prohibido entrar por su propio pie- al vampiro por antonomasia de la cultura universal. En efecto, me refiero a Drácula, un personaje del que les he hablado en más de una ocasión tanto en esta sección como en mi blog personal porque nació en las páginas de una de mis novelas favoritas; y porque cuando no se ha publicado una imprescindible edición anotada del texto original, un interesante ensayo sobre el personaje o la biografía definitiva de su creador, Bram Stoker, es porque hemos visto la peculiar aproximación fílmica que dirigió Pere Portabella, han aparecido diversas aproximaciones al mito en formato cómic (como estas tres o estas otras dos), se han recopilado nuevos relatos inspirados en el mismo o han visto la luz ediciones ilustradas de la novela a cargo de un inquietante Jae Lee o el siempre magnífico Fernando Vicente.

Precisamente de una nueva edición de estas características es de lo que vengo a hablarles hoy: y es que el ilustrador salmantino Tomás Hijo, después de ofrecernos su visión de La sombra sobre Innsmouth y El morador de las tinieblas de Lovecraft o de diseñar tarots inspirados en los universos de Tolkien o el cineasta Guillermo del Toro, se ha atrevido con la novela de vampiros por antonomasia, aquí en la traducción canónica del especialista Juan Antonio Molina Foix: un relato de estructura poliédrica, formato epistolar y protagonismo coral que arranca con la llegada de Jonathan Harker, empleado de una empresa inmobiliaria inglesa, a las remotas tierras de Transilvania con el fin de formalizar la venta de una mansión de Londres al enigmático conde Drácula; será entre los muros del castillo del longevo noble donde se verá atrapado en una pesadilla de la que milagrosamente logrará escapar para reencontrarse con el vampiro a su regreso al hogar. Es de justicia señalar que la versión de Hijo cuenta con más de sesenta ilustraciones de tamaños diversos, algunas superando las dimensiones de una página; además de hacer hincapié en que se recogen en una lujosa edición en cartoné, con cantos tintados con ilustraciones sobrecogedoras y una cinta de punto de lectura... Una adquisición indispensable, vaya. Y ojo, que la editorial ya anuncia su prometedora versión del Frankenstein de Mary Shelley, entiendo que en una edición similar, para la vuelta de las vacaciones de verano.

Y ya que hablamos de esta encarnación visual de Drácula, por qué no recomendar también la nueva (y adelanto que espléndida) adaptación al cómic de Nosferatu, la película de F. W. Murnau que a su vez era una versión apócrifa del libro de Stoker por aquello de no pagar royalties a la viuda del autor (una treta que, por cierto, le salió regular). En este caso, y después de la reciente traslación al cómic ideal para los lectores más jóvenes que realizó Javi Alfonso, ha sido el catalán Diego Olmos el encargado de resucitar al conde Orlock en el mundo de las viñetas. Tal y como confiesa el dibujante de Batman en Barcelona. El caballero del dragón en el texto que acompaña a su novela gráfica, fue la versión de Werner Herzog y Klaus Kinski realizada a finales de los años setenta la que le conmocionó siendo niño; si bien tiempo después recuperó el film seminal de Murnau y se rindió ante la magnificencia de una de las obras maestras incontestables no ya del cine mudo, sino de toda la historia del séptimo arte. Por ello ha decidido volver al año 1838 y a las calles de una Wisborg asolada por una plaga de ratas y donde el humilde empleado Hutter y su esposa Ellen se verán cara a cara con el temible conde no muerto, en un relato gráfico del que debe destacarse especialmente el empleo de una gama cromática con predominancia de tonos ocres y donde destacan los puntuales destellos de color rojo sangre. Debe señalarse que la edición de la obra incluye también bocetos con comentarios del autor y otras ilustraciones, lo que termina por conformar una propuesta de gran atractivo para cualquier aficionado al terror en general y al subgénero del vampirismo en particular; no digamos ya para los fanáticos del conde transilvano y de todo lo que vino después... que desde luego no es poco, y que tiene también en la reciente versión ilustrada de Tomás Hijo otra parada ya inevitable.
Drácula y Nosferatu. Una sinfonía del horror están editados por Minotauro y Planeta Cómic respectivamente.



